El viejo estaba ahí desde el miércoles. Cuando me llamó la mujer ya sospeché que algo pasaba. Por algún motivo, su nombre en la pantalla del celular es siempre un motivo de preocupación. Se había empezado a sentir mal a la tarde, dijo ella ese día: sudor frío y un dolor muy fuerte en el brazo que se extendía hacia el pecho. El electro no había salido bien pero estaba controlado. Lo habían dejado en coronaria y teníamos que esperar los resultados de otros estudios complementarios. Durante los días siguientes sólo pudimos verlo de a ratos, al mediodía y a las siete de la tarde, después del informe del médico. Pasábamos de a uno y hasta un máximo de tres. Aunque los niveles de enzimas descartaron un infarto en progreso, pronto le detectaron una obstrucción arterial complicada que requería la colocación de un stent. Se suponía que se lo harían el martes, pero el sábado después del desayuno —mientras todavía estaba internado— sufrió un principio de infarto que apuró los tiempos y tuvieron que intervenirlo de urgencia.

Se asustó, claro —todos lo hicimos—. Pero eso no pudo con su ansiedad. Se aburría en esa sala enorme, de aspecto hexagonal, con camas separadas por biombos y enfermeras o médicos que a veces se precipitaban de un lado a otro y con los que se terminó encariñando por la forma en que lo atendieron. A veces se aburría tanto que se resistía al final del horario de visitas. Un día —a lo mejor el sábado o el domingo, con poca gente en la sala y un control laxo— salió la enfermera a preguntar por los familiares de Núñez después de que habíamos pasado más de cinco.

—Dice que todavía queda un rato, que manden a alguien más.

De modo que teníamos que mandar a los amigos que habían quedado afuera, o volver a entrar.
Pero lo primero que había hecho apenas entré fue pedirme libros, porque el horario de visita duraba poco y el día era siempre interminable. Libros, así, en plural. El primer día le compré dos libros de cuentos de Fontanarrosa en la esquina del hospital —Los trenes matan a los autos y Uno nunca sabe— que para la mañana siguiente ya había terminado de leer. Le ofrecí, entonces, lo que tenía en el morral que cargo a todas partes y donde, no sé por qué, siempre suelo tener más de un libro: Barba Azul, de Amelie Nothomb, y El agua y el pez, de Kurt Lutman. Disfrutó todos y cada uno de los libros, y me los comentaba en cada una de mis visitas —todavía le debo una copia del libro de Kurt, que me lo devolvió después de pedirme encarecidamente que le consiguiera un ejemplar—, como apóstrofes o acotaciones al resto de nuestras charlas. Recién la última vez que fui le dejé lo que me venía pidiendo desde el principio: alguna novela larga, que lo enganchara un buen rato. Le llevé El último encuentro, de Sándor Márai, y La fiesta del chivo, de Vargas Llosa, pero ni los debe haber empezado porque ese día le dieron el alta.

Pero cuando todavía estaba ahí, ese domingo en que no quedaban en la unidad coronaria más que él y una mujer muy gorda a la que le habían hecho un bypass, lo que nos pidió fue una radio para escuchar el partido de Newell’s.

Una de las preguntas que nos hacíamos durante esos días era cómo convencerlo, después, para que encarara algunos ajustes indispensables: bajar de peso, caminar más, reducir los niveles de estrés, que se tomara con un poco más de calma las cosas que tenían que ver con la biblioteca popular que lleva adelante desde hace más de una década, o los espantos cotidianos de la realidad política actual —o, al menos, que se centrara en algunas peleas y escogiera un par de marchas en lugar de ir a todas—. Pero parecía en vano. Basta decir que se había organizado una reunión durante su estadía en el hospital, convocando a alguien a la habitación para tratar no sé qué tema de la biblioteca, para dar una idea de lo difícil que puede ser. Lo que sabíamos, sin embargo, que iba a ser inútil, era tratar de convencerlo de que dejara de pensar un rato en Newell’s.

Entre familiares y amigos discutimos el tema en el pasillo. No es momento, dijimos todos. No con este Newell’s. Con suerte lo aguantamos los corazones fuertes, ¿para qué correr el riesgo? Pero quién lo podía convencer. Entonces alguien dijo que teníamos que transmitir un partido de ficción: usar la radio comunitaria que funciona en la biblio para inventarle el partido para él. Como en la película Good bye Lenin! o en La salud de los enfermos, de Cortázar: crear una realidad paralela exclusiva en la que los comentaristas hablaran maravillas del juego leproso y los relatores gritaran, hasta las lágrimas y con expresiones tan imborrables como el “barrilete cósmico” de Víctor Hugo Morales en el 86, goles antológicos que sólo habían tenido lugar en la imaginación.

Nos reímos. Planificamos el engaño. Discutimos aspectos técnicos de la transmisión, propusimos formas de inducirlo a escuchar el partido en un dial específico, elaboramos complejos mecanismos de engaño y seducción para que todo se adecuara a nuestros planes. Debatimos, incluso, cuestiones tácticas de un partido imaginario y los métodos para llegar al gol.
Podría haber funcionado. A veces creo que sí.
Pero lo dejamos enfrentarse con la realidad. Después de todo, cuando me había dado los libros de Fontanarrosa, y sin aclarar a cuento de qué, me recomendó especialmente que leyera Defensa de la derrota:

“El vencido sacudirá una vez la cabeza, o dos, en agradecimiento, sin hablar, porque una palabra, un gesto amartillado en falso, puede precipitar el llanto. Y el vencido digno no se permitirá llorar ante terceros. Se marchará solo. Se preparará en su casa un café fuerte, negro, espeso y caliente. Se tomará la cara con las dos manos, para apretarse aún más sobre los párpados la poesía inútil de las derrotas. Para fijarse sobre los pómulos todo el romanticismo suave e impalpable de las derrotas. Se podrá permitir, ahora sí, un gesto nervioso, un puñetazo corto y duro al aire dulzón de la cocina o bien sobre la mesa. Se podrá permitir, ahora sí, llorar con un llanto comprimido, convulsivo, desesperado y hondo contra el marco de la puerta del comedor. Deberá luego lavarse la cara, secarse los ojos con una toalla. Mirarse al espejo preguntándose si tenía realmente necesidad de llorar.
Y se sentará en el sillón de mimbre.
Tomará su café.
No se sentirá tan mal, después de todo”.

No sé, todavía, si me hablaba de fútbol, de mujeres, de la vida, o de todas esas cosas.


Also published on Medium.