Uno

Apunto nuevas postales de mi mapa imposible, obstinado en una cartografía tan innecesaria como intrascendente pero de la que, por algún motivo, no consigo desprenderme. No todavía. Apunto, entonces, esquinas y rincones y fachadas donde creo o quiero creer que persisten, a mis ojos, las huellas de la ciudad que supo ser, entremezclada con otra ciudad que me empeño en registrar en distintos textos. Y a veces deformo. Y a veces invento.

Dos

Mitre y Pasaje Simeoni. Entonces no se llamaba así. El pasaje todavía se llamaba Zabala y todavía era la esquina más angosta del mundo. Hasta ahí llegan, después de una cena y algo achispados por la bebida, Lourdes y Santiago. Algo empezó a tomar forma entre los dos desde hace algunos días pero no es sino hasta ese momento, con las confidencias entre copa y copa y el lento discurrir de la noche, que alguno de los dos, o los dos al mismo tiempo, se atreverá a dar el primer paso. A veces tiendo a creer que de no haber sido por la sorpresa de esa esquina, por la feliz emboscada de ese angostamiento repentino que los acercó el uno al otro al borde del cordón como al borde de un abismo, el momento hubiera pasado de largo y la historia, tal vez, hubiera sido otra. Pero antes de cruzar a la plaza se detienen y observan esa curva absurdamente estrecha, se miran los pies y cobran conciencia del brevísimo espacio que ocupan al mismo tiempo. Y ella, entonces, se aferra a él como si un abismo se abriera ante los dos. Se miran. Como intuyendo una oportunidad efímera. Como si un cataclismo amenazara sus próximos pasos y esa esquina constituyera su única certeza y última esperanza.

Esto sucede en mi primera novela, que es lo mismo que decir que nunca ocurrió o que pasó un montón de veces -al menos para mí-. A veces pasaba por esa esquina y me parecía verlos. Un día aparecieron vallas y trabajadores de la municipalidad y ensancharon la vereda. Me dieron unas ganas absurdas de llorar.

Mirá, le dije un día a alguien. Acá estaba la esquina más angosta del mundo. Y a veces, cuando llegabas ahí, sin darte cuenta quedabas al borde de un abismo.

Pero creo que no me entendió.

Tres

Moreno y Pasco. Frente al parque, detrás de un portón de rejas verdes, hay un pasillo ancho de baldosas negras y amarillas que trazan rombos en el suelo. Hasta ahí llega Pessoa en busca de la portera. O en busca de redención. Sólo que todavía, en ese momento, no lo sabe. Aunque esto también ocurre en la ficción, mi viejo cierra el libro y dice que ahí era donde vivía yo. Ahí vivían ustedes con tu mamá, creo que es lo que dice. Se refiere a la primera casa que alquiló mi vieja, después del divorcio, cuando nos vinimos para Rosario. Alguna vez la mencioné en otro texto. “Tenía dos plantas, techos altos y un teléfono negro antiguo al que cada tanto alguien llamaba por error preguntando por el Hospital Italiano”, escribí. “No tenía pasto ni árbol de quinotos -ni higuera, paraíso, quincho, pileta- ni tantas cosas que se habían quedado detrás del cartel de “vende” de la otra, pero al menos era grande y mi vieja podía esconderse a llorar por los rincones.” Lo de mi vieja llorando en los rincones era una licencia literaria: ficcionalizar, llenar el hueco ahí donde la memoria no alcanzaba. Una licencia innecesaria, un golpe melodramático que acaso sobra. Lo más curioso fue que mi vieja leyó el texto y dijo “pensé que no me escuchaban”.

De modo que es recuerdo y es ficción. Un poco las dos cosas y ninguna de las dos por completo. Si paso por ahí acaso diga que ahí vivía yo cuando era chico, y cuente del teléfono negro a disco, de la tortuga de agua que alguien nos trajo de un viaje y después soltamos en el laguito, del altillo donde mi hermano desarmaba y volvía a armar el grabador, del eco de los pasos en la vieja escalera. Y diga también que ahí vivía Amanda, la portera, y que ahí es donde Pessoa le leía durante las tardes, y muy pocos entiendan que hablo de una novela.

Pero a lo mejor, después de todo, las dos cosas sean ciertas.

Cuatro

Jujuy y Balcarce. Hubo una chica a la que le gustaba ese pasillo que cruza la manzana de lado a lado, desde Salta hasta Jujuy -o viceversa-. Teníamos quince, o dieciséis, y un día me lo mostró. Era una puerta de rejas torneadas que desembocaba en un pasillo antiguo que cruzaba toda la manzana, con casas a los costados, uno o dos faroles viejos en el centro y un empedrado que se mantenía al borde del tiempo. Aunque yo vivía a dos cuadras y pasaba por esa puerta todos los días, nunca había mirado hacia el interior del pasillo. Fue como si alguien me señalara de pronto el Pasaje Güemes y la salida a las galerías Vivienne. Nos gustaba aferrarnos a las rejas, asomar la cabeza hacia el interior y afirmar cosas absurdas y que no tenían ninguna comprobación: que en el primer departamento vivía una mujer que había matado a tres maridos; que en el de la tercera puerta vivía un científico loco que hacía experimentos con los perros del barrio; que si cruzabas el pasillo en una noche de luna en lugar de salir a la calle opuesta volvías a salir por la misma calle pero muchos años más viejo. Una noche encontramos la puerta de Salta abierta y cruzamos el pasillo. Era noche de luna. Cuando estábamos a punto de llegar al otro lado alguien entró desde la calle opuesta y preguntó qué hacíamos ahí. Dimos la vuelta y corrimos. Salimos al mismo lugar. Nos miramos para comprobar que seguíamos siendo jóvenes.

A veces me pregunto si alguna noche el azar me llevará de nuevo a ese pasillo, sólo que esta vez a la puerta contraria. Me pregunto si probaré el picaporte y lo encontraré abierto y veré, avanzando por el pasillo, bajo la luz desmayada de la luna, a un chico que me recuerde a mí.

Ya sé, en todo caso, qué le tendré -o le tuve- que gritar para mantenerlo así, con la adolescencia todavía a salvo.

(Publicado en la contratapa de Rosario/12 del 04/01/2019)