UNO

A los trece años, Rueda y Provincias Unidas era el Yukón, una selva Guatemalteca, alguna planicie de Tierra del Fuego: algo tan remoto como inimaginable. Me había subido esa mañana al 120 para ir a la escuela, como todas las mañanas, pero tomé la absurda y cuestionable decisión de seguir de largo. En lugar de bajarme en la esquina de Constitución y San Juan apoyé la cabeza en la ventanilla, me hice el dormido como si fingiera ante mí mismo, y decidí pegar toda la vuelta al recorrido para bajarme otra vez en mi casa de Jujuy e Italia en un horario que, calculé, mi madre ya hubiera salido hacia el trabajo. Supongo que ese era el principal motivo por el que me pareció lógico atravesar toda la ciudad de ida y vuelta. Había otra más: esa mañana había aumentado el boleto y a mí no me alcanzaban las monedas para volver. Pero cuando el colectivo llegó a Rueda y Provincias Unidas, el chofer me dijo que era el final de línea y que me tenía que bajar. Miré la puerta, me di cuenta de que la única forma que tenía para volver era caminar, y el miedo me paralizó. Nunca había estado solo tan lejos de mi casa, sin saber dónde estaba ni cómo volver. Estaba a punto de entrar en pánico. Pero no discutí, no rogué: bajé y empecé a caminar por ese territorio extraño, inhóspito, bordeando un enorme paredón blanco, y tuve ganas de llorar.

DOS

Uno traza sus propias cartografías de la ciudad donde ha crecido. Todo mapa es, al principio, un interminable territorio en blanco que rodea la equis que marca la casa que habitamos. El hogar es siempre el centro. Una dirección, un par de calles paralelas, las primeras referencias que se adquieren y se asimilan: el kiosco, la granjita, la plaza de la vuelta. Nuestro mapa personal empieza siempre con un círculo del tamaño de una moneda. Luego, a medida que uno se empieza a mover en forma independiente, el círculo se expande y nuevas referencias se van incorporando a medida que avanzamos por el territorio que desconocíamos. La escuela, la casa de la abuela, el club. A veces nuestro mapa tiene círculos independientes, cada uno con su trazado definido, pero separados por un vasto espacio en blanco.

Así es, acaso, como uno descubre su propia ciudad: con esas paulatinas extensiones de las zonas cartografiadas. Con el trazado inconsciente que rellena las zonas en blanco.

TRES

Bordeé, entonces, el paredón, aquella mañana de hace tantos años. El enorme paredón blanco de mi zona en blanco, con sus puestos de flores, hasta que la inscripción sobre una de las puertas me reveló que se trataba del Cementerio La Piedad. Y empecé a desandar el camino que había hecho en colectivo, en busca de una calle que reconociera. Ese era todo el plan: encontrar una calle cuyo nombre me fuera familiar y seguirla hasta desembocar en una zona de mi mapa que no estuviera en blanco.

Llegué a Pellegrini y respiré aliviado. Seguía sin saber dónde carajo estaba. Pero sólo tenía que seguir Pellegrini como el curso de un río.

CUATRO

Pellegrini esquina Moreno. Por esa esquina habíamos visto pasar la caravana del Papa en el 87, mezclados en la maraña de fieles y curiosos que agitaban banderitas blancas y amarillas. Pero si estaba en mi mapa es porque Pellegrini y Moreno es la esquina donde mamá nos enseñó a cruzar.

Llegué a vivir a Rosario alrededor de los ocho años. Fuimos a parar a una casa vieja de pasillo frente al parque Independencia. Veníamos de una ciudad más chica y tranquila y no estábamos muy habituados al tránsito. Como mamá trabajaba todo el día y no nos podía acompañar hasta la escuela, durante los fines de semana nos llevaba caminando hasta Pellegrini, a mi hermano menor y a mí, para asegurarse de que éramos capaces de cruzar la avenida sin meternos debajo de un colectivo.

Aprendimos. O tuvimos suerte. La escuela quedaba a diez cuadras, frente a la maternidad Martin, y no tardamos en acostumbrarnos a las calles de Rosario, tan diferentes de las calles de tierra de nuestro barrio anterior.

Pero durante años no pude imaginarme a mi vieja sin sentir escalofríos. Me la imaginaba enseñándonos a mirar hacia ambos lados, a prestar atención a los semáforos, a no correr para no caernos en el medio de la calle. Me la imaginaba insistiendo hasta el hartazgo para no quedarse con dudas. Me la imaginaba espantando temores en la oscuridad, la noche antes de largarnos solos por primera vez.

CINCO

Dice Google Maps que desde el punto donde me bajé del colectivo hasta mi casa de Jujuy y Dorrego fueron 9.7 kilómetros. Una caminata de algo más de dos horas. Pero tenía trece años y avanzaba a ciegas por el terreno en blanco de mi mapa: me pareció el trayecto más largo del mundo.

Sé que empecé a respirar aliviado cuando me acercaba a la altura de la cancha de Newell’s. Que me volvió el alma el cuerpo en Pellegrini y Moreno y los viejos trayectos conocidos. Que regresar al viejo recorrido por Moreno y pasar por mi antigua escuela primaria -la que acababa de dejar un puñado de meses antes- me devolvió la confianza y la serenidad. Estaba, otra vez, en los puntos de mi mapa que podía señalar y describir.

No lo supe entonces. Pero ese día, perdido por primera vez, descubrí que en los viejos trayectos de mi mapa personal se esconde siempre una forma de regresar. A veces se trata, simplemente, de tejer puntos de encuentro que nos lleven hasta allá, como siguiendo la estela de un río.

(Publicado en la contratapa de Rosario/12 del 15/02/2019)