UNO

Si nuestro mapa personal empieza con un círculo del tamaño de una moneda y las primeras áreas hacia las que se expande son, siempre, los alrededores de nuestras principales zonas de referencia, se trata de territorios que se van conquistando en forma paulatina. Islas en las que plantamos bandera y que se transforman en puntos ineludibles de nuestra carta de navegación. Refugios que, quizás, nos contienen en determinados pasajes de la vida. A finales de los ochenta, recién llegado a la ciudad y todavía buscando un lugar entre los nuevos compañeros, la plaza que estaba frente a la escuela donde terminé la primaria se convirtió, poco a poco, en mi pequeña Mompracem. Mi puerto de partida y de regreso. El lugar de la aventura y también del reposo.

Como a Mompracem, es inútil buscarla en un mapa: aunque existe, no es la que recuerdo ni la que nombro.

DOS

Le decíamos la “Plaza Martin”. El nombre venía de la Maternidad que hacía de indudable centro neurálgico de la cuadra y en torno a la cual se despliegan dos plazoletas cuyos nombres oficiales nunca había sabido hasta hoy, que superpongo el mapa digital y las fotos actuales con el mapa imposible que sobrevive en mi memoria. Por un lado, la plazoleta Alicia Moreau de Justo -que se extiende desde Moreno y Rioja hasta chocar, por Moreno, con el frente de la Maternidad Martin y por Rioja con el restaurado Palacio Canals, la vieja casona de finales del siglo XIX donde por entonces funcionaba la Asistencia Pública-; por otro, la plazoleta Julio Maiztegui, a continuación del Palacio Canals, que se extiende desde Rioja y Balcarce hasta el lugar que hoy ocupa el edificio del SIES.

Ahí -en lo que para nosotros era “la parte de adelante” de la plaza Martin y resultó ser la Alicia Moreau de Justo- estirábamos los últimos minutos del mediodía antes del ingreso a clases, se improvisaban prematuras declaraciones de amor y se dirimían en brevísimas piñas, que nunca duraban más de un round, los conflictos o las afrentas que habían tenido lugar en la escuela. Ahí hacíamos malabares y piruetas jugando al “veinticinco”, pagábamos o cobrábamos prendas con fusilamientos a pelotazos en uno de los laterales del Palacio o perdíamos el tiempo hablando con el loco Luis, el barbado ciruja que merodeaba la plaza y a veces se sentaba en los escalones de la Maternidad a contarnos anécdotas de sus improbables épocas en LT8 que nadie creía del todo.

Y también ahí, en el rectángulo irregular pero plano que se extendía entre la Maternidad y la calle Balcarce, donde hoy se alza una loma, improvisábamos la mejor canchita del mundo. Con árbitro y todo, porque no había partido en el que no cruzáramos a tocarle el timbre a Rafael, un tipo espigado, de indómitos rulos oscuros que ya empezaban a canear, que no dudaba en vestirse de referí y colgarse el silbato para dirigir un picado de plaza entre chicos de primaria.

Cuesta imaginarlo hoy, pero entonces el terreno era raso y más o menos parejo, y aunque se angostaba un poco por los accesos laterales de la maternidad que la flanqueaban, se podía hacer un buen partidito. Tenía un pino enorme que marcaba el córner, un pozo que había que esquivar cuando desbordabas por izquierda hacia el arco del oeste -hecho, a la sazón, con montoncitos de prendas dispuestas simétricamente- y la zozobra permanente de que un puntín mandara la pelota debajo de un auto que circulara por Balcarce o, peor, a las entrañas mugrosas y viciadas del Monumento al Pozo, ese esqueleto de hormigón que se alzó por casi cuarenta años donde hoy está el CEMAR.

Porque, como Mompracem, mi plaza-isla tenía refugios, afectos y también peligros secretos.

TRES

La pelota picaba, entonces, más allá de los límites de la cancha, en esa calle angosta que separaba la Maternidad Martin de esa estructura interrumpida y abandonada durante una eternidad que se alzaba en la esquina de Moreno y San Luis y que se extendía casi hasta Balcarce, y ante la mirada aterrorizada de todos, desaparecía por detrás del tapialito blanco y se perdía en las entrañas de la mole abandonada.

A veces, si teníamos suerte, se nos iba al primer subsuelo y permanecía a la vista, dentro de esa franja exterior donde se recortaba la luz. Pero a veces no teníamos suerte y la pelota caía hasta el segundo o se perdía más allá de nuestro ángulo de visión y desaparecía en la penumbra. Lo evoco ahora y lo que se me ocurre es una imagen que parece extraída de alguna historia de Stephen King: un puñado de caras infantiles, asomadas por encima de un pequeño tapial, buscando con la vista una pelota entre escombros y basura acumulada, tragando saliva antes de decidirse a entrar en un lugar muy poco recomendable. Lo imagino, incluso, con una especie de vista inversa: un plano subjetivo inferior, desde ese subsuelo lóbrego.

Y allá arriba, asomadas, nuestras caras de espanto.

CUATRO

Entrábamos -entraba, en realidad, aquel que había tenido la desgracia de despejar la pelota hacia allí- por la esquina de Balcarce, desde el estacionamiento, y bajábamos a un territorio sombrío, envilecido y mugriento. Aunque alguna vez, después -con absoluta inconsciencia y para espanto de mi madre, que no tardó en enterarse y poner el grito en el cielo- exploré otras zonas menos oscuras del esqueleto de hormigón, atravesado las inconmovibles entrañas de los pisos superiores de esa mole que parecía condenada a quedarse así para siempre, nada resultó tan atemorizante como la experiencia de buscar la pelota en el subsuelo. Cartones de vino aplastados, bolsas de nylon rotas, papeles amarillentos. Forros, jeringas, colillas, etiquetas de cigarrillo abolladas. Botellas, vidrios rotos. Un trapo con algo que parecía sangre. El intenso olor a orín: ácido, penetrante, impregnado en todas partes. Rincones a los que era mejor ni acercarse. Las huellas de alguna presencia humana eran tan indudables como intimidantes. Nos preguntábamos qué clase de gente era la que merodeaba por ahí pero no queríamos averiguarlo bajo ningún concepto. Mejor recuperar la pelota cuanto antes y correr de regreso a todo lo que daban las piernas. Correr como si nada nos importara más que volver al partido.

Porque nuestra Mompracem podía tener peligros, pero nunca dejaba de ser refugio cuando la pelota rodaba ahí afuera.

CINCO

De modo que a veces paso, sin prestar demasiada atención, y la silueta reluciente del CEMAR todavía me sorprende, recortada contra el cielo. Porque lo que veo es, también, esa superposición imposible de lo que es y lo que supo ser. El esqueleto inconcluso, abierto al cielo, perceptible detrás de los vidrios y la pintura y el cemento. El esqueleto asomándose como un pantallazo de otro tiempo o de otro mundo, en una insólita simultaneidad de realidades paralelas, de pasados y presentes que confluyen ahí.

Lo miro, entonces, de lejos, con una sensación extraña. Como si desde la proa de un barco que no se detiene adivinara, al pasar, las costas imposibles de Mompracem que van quedando atrás.

(Publicado en la contratapa de Rosario/12 del 01/03/2019)