Uno

Toda ciudad tiene postales secretas grabadas en la memoria de sus habitantes. Postales que, para los demás, pueden ser insignificantes o inaprensibles. A veces son rincones o huellas que sobreviven en lo alto de una fachada que parece fuera del tiempo, que por algún motivo inexplicable se mantienen a salvo y todavía no desaparecieron reemplazadas por algún edificio o una cervecería artesanal. Uno pasa, entonces -a veces distraído o apurado-, y esa ciudad que sobrevive en secreto por debajo de la ciudad visible se asoma por un instante como un espejismo fugaz. Ese rincón, esa huella fuera del tiempo es, por un segundo, un punto donde el pasado y el presente confluyen en simultáneo.

A veces sigo de largo. Pero a veces empiezo a imaginar un mapa interminable mientras planto, con precisión, banderas del recuerdo.

Y entonces algo extraño y maravilloso se pone en marcha para siempre.

Dos

Wilde y Tucumán. En mi mapa imposible esa esquina tiene su banderita, con un recuerdo puntual al que suelo volver. Un día desperté con el tiempo doblemente desplazado: el horario hacia adelante y la fecha hacia atrás. No lo noté. Salí de la cama, me bañé, me vestí; recién cuando bajé a preparar café en esa oscuridad excesiva miré el reloj de mi muñeca y entendí que me había despertado dos horas antes. Miré entonces el celular, que era donde sonaba la alarma: marcaba 25 de noviembre de 2014 cuando debí despertar en junio de 2016. Por un momento dudé. ¿Cómo saber si era una falla de mi teléfono o del universo? ¿Cómo estar seguro de que lo real no era esa fecha que ya creía haber vivido tiempo atrás?

Traté de recordar qué había hecho aquel día pero no lo conseguí. ¿Había sido un buen día? ¿A quién le sonreí? ¿Con quién me enojé? ¿De qué cosas hablé y cuáles callé? ¿Besé, lloré, hice el amor? Al final me acosté otro rato. Cuando desperté, el 2014 seguía ahí. Recién cuando abrí la puerta y salí a la calle mi teléfono y el presente se volvieron a encontrar. Me sentí aliviado. Dudo que hubiera podido salir -a ese o cualquier día anterior- y repetirme sin contradicciones.

Tres

Esquina de Entre Ríos y Santa Fe. En el trayecto en colectivo hasta mi trabajo, una mañana empecé a leer Los misterios de Rosario, de César Aira. Al llegar a la parada en la que me tenía que bajar cerré el libro y desemboqué a metros del mismo universo que acababa de abandonar en la lectura: el Laurak Bat, la Facultad de Humanidades y Artes, la peatonal Córdoba. Ya había estado ahí durante todo el tiempo que me tomó llegar hasta ahí.

Todavía no me atrevo a afirmar si se trató de puro azar o si hay, en ciertos libros, algunos misterios sutiles que no forman parte de la trama sino de su lectura. Libros que en la memoria de sus lectores tienen tramas exactamente iguales pero que tienen lugar en escenarios por completo diferentes que, oh casualidad, coinciden con los lugares en los que fueron leídos.

Me gusta imaginar un libro así. O mejor aún: un libro ignoto y menospreciado. Acaso, un libro aburrido y mal escrito cuyo único mérito sea ese milagro que pasa desapercibido porque ningún lector lo comenta ni lo relee, y la maravilla de la ubicuidad entre universos -el narrado y el de su lectura- pasa siempre inadvertida.

Cuatro

Un edificio céntrico, frente al Broadway. Siempre que paso por ahí recuerdo la noche que entré. Tiene dos ascensores: uno moderno, iluminado como un quirófano, con puertas automáticas, display digital y el típico sonido de detención que precede a la apertura de las puertas; el otro con puerta plegadiza y unos botones negros que hay que empujar hasta el fondo, que se sacude al llegar al piso como si algo se hubiera interpuesto de golpe. Por algún motivo que desconozco -acaso la distribución de los ascensores y su proximidad con la puerta del departamento y la de calle- la chica que vivía ahí y yo subimos en el moderno y bajamos en el antiguo. “Llegué dentro de unos años y me voy hace un par de décadas”, le dije antes de salir. Nos reímos los dos. Pero en la madrugada la calle era un desierto y esa noche podía ser cualquier noche acontecida o por ocurrir. Y en silencio, vacilantes, con la respiración contenida, nos quedamos a esperar que pasara un auto, un colectivo o un peatón solitario que desbaratara de una vez la incertidumbre.

Cinco

Hay un capítulo de Mi mundo privado, de Gandolfo, en el que juega con el título de una película para hablar de la confluencia de la ciudad recordada y la ciudad que reencuentra al volver. Y la Rosario que aparece allí, su own private Rosario es, al mismo tiempo, ajena y reconocible. Hay, imagino, una memoria colectiva que opera en secreto para que me resulten familiares algunas evocaciones que me son imposibles -las tardes de cine en el Sol de Mayo, la calle Córdoba antes de ser peatonal, las tardes de café en el Savoy, los trenes todavía saliendo de la estación Central Córdoba-, así como otras que me pertenecen de igual modo, que se inscriben en la temporalidad de mi propia memoria: la barranca antes del Parque España, los viejos trenes de Rosario Norte, el tímido advenimiento de los shoppings, el muro de las instalaciones del ferrocarril que dividía a la ciudad de la costa que daba al río.

A veces releo sólo para imaginar el mapa imposible de esa ciudad que configuran las múltiples memorias de los que las habitamos. Una cartografía atemporal de lugares superpuestos y representaciones contradictorias donde caben en un mismo y único plano todas las ciudades que fueron y son y serán.

A veces pienso que me gustaría perderme ahí. En ese mapa y su trazado.

Creo que sería una buena forma de perderme sin dejar de sentirme como en casa.

(Publicado en la contratapa de Rosario/12 del 21/12/18)


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