Cuando la primera brisa del atardecer sacude las cañas que se alzan a lo lejos, mi madre alza la vista y se queda contemplando la danza de las hojas en el viento. Lo hace siempre como si fuera un espectáculo al que asiste por primera vez.

—Mirá cómo se mueven las cañas. ¿No es linda mi casa?

Es una especie de ritual que cumple los domingos de verano, cerca de las siete de la tarde. Se sienta a tomar mate o a leer en la galería de la casa quinta que compraron con su marido no mucho después de casarse —una casa amplia a trescientos metros de la ruta 11, cerca del río Carcarañá, con paredes blancas y tejas decoloradas por el sol, rodeada por un terreno formidable en el que crecen nogales y olivos y árboles frutales—, a esa hora en que el agobio le da paso a la primera brisa fresca, y en cuanto oye el rumor del viento entre las cañas formula siempre la misma pregunta. No me la hace a mí. No la hace a nadie en particular. Creo, incluso, que cuando está sola también la repite en el aire, aunque nadie pueda contestarle.

No sabría decir qué la empuja a elegir ese detalle en particular. Pero hay, en ese instante, algo que resume y representa todo un mundo que se adivina detrás. Supongo que la hora en que las cañas se mecen al viento, cuando ese rumor como de río se mezcla con el trino de los pájaros, tiene el encanto inevitable del caer del día lejos del asfalto: en algún lado se apaga el motor de una cortadora de césped, cesa la música de una radio, se ahoga la superposición de voces y de risas, y se presiente el canto de chicharras que estallará en breve y habrá de extinguirse con el último rayo de sol. Y si uno se permite parar, tomarse un momento, y asistir al espectáculo de ese momento, acaba por reconocerle una belleza ineluctable.

A mi madre siempre le gustaron las casas con verde. Nunca fue amante de los departamentos. Le gustaba salir al patio en los días frescos, regar las plantas, pisar el pasto húmedo. Imagino que también tiene que ver con su propia infancia, con otros patios y espacios abiertos, siempre repletos de hermanos y primos y familia allá en Córdoba, algo distinto pero a la vez parecido al tumulto de hijos y de nietos que, familia ensamblada mediante, ella y su marido supieron construir. Pero el último terreno verde que había tenido mi madre hasta hace algunos años había sido el de la casa de San Lorenzo en la que vivimos hasta que yo tenía 8 años. Una casa con pileta, un paraíso en el fondo, una higuera y un divorcio que arrasó con todo. Después nos vinimos a Rosario para que no tuviera que viajar todos los días en colectivo hasta el trabajo y alquiló una casa antigua, de pasillo, por calle Moreno, frente al parque Independencia. Me gustaba esa casa, aunque tenía escaleras y eran un peligro para mi hermanita que se largaba a caminar. Tenía un portón de rejas verdes y un pasillo ancho en el que podíamos jugar a la pelota con mi hermano. El patio era un cuadrado minúsculo de baldosas y no sé si mi madre salía alguna vez.

Cuando se pudo comprar el primer auto —un Renault 6 al que uno de sus compañeros del banco le decía “la pajarera” por el ruido que hacía— viajábamos algunos fines de semana a San Lorenzo para visitar a “la tía Porota”. En realidad no era una tía sino la mujer que nos había cuidado a mi hermano y a mí cuando mi madre trabajaba, antes del nacimiento de mi hermana más chica. Vivía frente a las canchitas de fútbol del club Remedios de Escalada y tenía un patio con dos teros. Cada vez que íbamos para allá, después pasábamos por la puerta de la casa en la que habíamos vivido. Mamá detenía el auto y la miraba. Miraba los cambios, los detalles. Nosotros, atrás, nos aburríamos. ¿Cuánto tiempo se puede mirar la fachada de una casa? Pero ella miraba como si pudiera ver a través de las paredes y siempre le costaba un rato reemprender la marcha.

Después de la casa de calle Moreno nos fuimos a un departamento en calle Jujuy. Era un edificio de escaleras, de tres pisos. Los ambientes se encadenaban uno a otro como una serpiente que se come la cola, en torno a un hueco central desde el que se veía el patio del vecino de planta baja. Para ir al baño desde el living, había que atravesar la cocina y los dos dormitorios —el de mi hermana y el que compartíamos con mi hermano—. Si seguías el recorrido circular, atravesabas el dormitorio principal y volvías al living. Pero ese paso sólo estaba permitido para los familiares de confianza; mamá nos tenía prohibido que hiciéramos pasar a nuestros amigos por su dormitorio para ir al baño, aunque fuera el camino más corto.

Alguna vez contó que el día en que le entregaron la llave se fue sola a verlo. Entró en la penumbra fría de ese departamento con las persianas bajas y de golpe le pareció un pozo oscuro. Se sentó a llorar en el piso desnudo. Siguió llorando hasta que se calmó. Era un paso, se dijo. Recién entonces levantó las persianas y se puso a limpiar.

Como pasaba la mayor parte del día en el trabajo, nos cuidaba una chica. Creo que se iba después del mediodía porque ya estábamos más grandes. Más adelante mi madre alcanzaría puestos gerenciales y cambiaría el auto, y conseguiría otro pasar económico. Pero entonces la remaba todos los días con tres chicos. La primera vez que nos compró una remera «de marca» para ir a los asaltos, nos compró una sola para los dos y nos teníamos que turnar para usarla. Era una remera blanca, marca Uniform. Trabajaba mucho. No sé cómo hacía, sin embargo, para estar siempre. O cómo lo sigue haciendo ahora con los nietos. Todavía trabaja todo el día y sin embargo se las ingenia para estar en todas partes, con esa cosa de madreabuela mujer maravilla que a veces te saca de quicio.

Algunos no se daban cuenta. En ese edificio mi hermano y yo nos hicimos amigos del chico que vivía en la planta baja, el del patio que se veía desde mi ventana. Se escuchaba todo. Un día oí que la madre le decía que no se juntara con nosotros porque estábamos todo el día solos. Que qué clase de madre teníamos. A mí la bronca me inundó los ojos y por unos días no quise bajar más. A veces me asomaba por la ventana cuando ella barría el patio allá abajo para dejar caer una escupida silenciosa y tratar de atinarle en la cabeza antes de esconderme rápido. Después volví a bajar. Ella se resignó a que el hijo se juntara con nosotros y yo la dejé en paz. Al final le tomé afecto.

Algunos años después mi madre vendió el departamento y nos fuimos a una cortada tranquila de barrio Parque. Tenía un patio con parrillero y un departamentito al fondo donde yo me llevé a vivir a mi novia embarazada. Mi madre luchó durante dos años para tratar de que creciera el pasto pero al final se agotó e hizo poner baldosas. Algunos años después, cuando se casó otra vez, se fue a vivir al departamento del marido y entonces la compra de una casa de fin de semana se transformó en una obsesión. No podía concebirlo de otra manera.

A veces, en los fines de semana, la casa es un remanso de tranquilidad, lejos del ruido y cerca de las estrellas. Otras veces se transforma con el ajetreo incesante de familias ensambladas dentro de otra familia ensamblada y la multitud de hijos y nueras y yernos y nietos que la tomamos por asalto. Esos días trajina como poseída hasta el agotamiento pero también con deleite. Pero los domingos, cuando la primera brisa del atardecer sacude las cañas que se alzan a lo lejos, alza la vista y se queda contemplando la danza de las hojas en el viento. Mirá cómo se mueven las cañas, dice, a media voz. Como si el viento entre las cañas susurrara toda una historia que vuelve. Como si en esos detalles se escondiera algo que sólo ella puede ver y que le brinda, al menos por un momento, un instante de paz y felicidad.


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