No sé a qué edad aprendí a leer. Es absurdo, imposible, pero me recuerdo leyendo desde siempre. Probablemente porque ese día nací otra vez. Porque el día en que aprendí a decodificar las palabras impresas para transformarlas en un mensaje, a descubrir las historias que se escondían detrás de las cubiertas de los libros que poblaban la biblioteca de mi casa, comprendí que los libros ponían a mi alcance un universo nuevo e inabarcable, plagado de aventuras, horrores, emoción, nuevos horizontes e infinidad de seres inolvidables que me acompañan desde entonces. Ese día nací otra vez para habitar un mundo que es, a la vez, un sueño y una realidad: el que habitamos todos los amantes de la lectura.

Me recuerdo leyendo y me evoco, al mismo tiempo, dentro y fuera de mí, como se recuerda a un otro: con ocho o nueve años, dormido en la hamaca paraguaya con un libro abierto sobre el pecho en una noche de año nuevo; la cara escondida detrás de una revista de historietas, en medio de la calle y sin dejar de caminar a pesar de la afanosa insistencia de mi madre para que prestase atención al cruzar; leyendo la noche entera hasta la salida del sol, incapaz de entregarme al sueño sin antes descubrir cómo acabaría esa aventura en la que me había sumergido.

No recuerdo el orden, o cómo avancé o salté de un nombre a otro. Sé que entre mis primeras lecturas se hallan los cuentos de Andersen —un viejo ejemplar de tapas duras y tamaño intimidante, con ilustraciones en blanco y negro— y que la tristeza de «La niña de los fósforos» se me clavó en el pecho para siempre como un cristal del espejo de «La reina de las nieves»; que después devoraba los libros amarillos de la colección Robin Hood como caramelos, ansioso por probar la variedad de sabores; o la serie roja de la colección Billiken de literatura infantil y juvenil. Me entregué sin reparos a las aventuras de Bomba, el joven émulo de Tarzán, de Roy Rockwood —mucho más tarde descubrí que no era más que un seudónimo elegido por el Sindicato Stratemayer, una factoría de literatura infantil alimentada por cientos de plumas anónimas—; me escapé en balsa con Tom Sawyer y Huck Finn por el Misisipí; viajé en el Nautilus con el Capitán Nemo y padecí el intrépido viaje por la estepa rusa con Miguel Stroggof; busqué tesoros en islas perdidas; me uní a los mosqueteros; abordé a sangre y fuego los barcos ingleses que se atrevían a acercarse a Mompracem.

Como tantos, suelo afirmar que la lectura es siempre un viaje y que leer es adentrarse en territorios desconocidos que depararán, sin duda, un recorrido memorable. Aunque con el tiempo mis lecturas se hayan modificado o expandido a otras formas, temas y fronteras, tiendo a pensar que en esos tiempos de aventura se cifran las claves de esta pasión irremediable.

Con los años, sin embargo, comprendí que la literatura —sobre todo la ficción— no es más que una imitación de la vida, una representación, una mentira, pretenciosa; el esfuerzo acaso vano en que incurrimos los autores para darle vida a lo que no existe. Pero aun así lloramos, o reímos, o nos indignamos con las circunstancias que atraviesan algunos personajes que, sabemos, no existieron más que en la imaginación ajena. Y eso, no tengo dudas, es porque en ese mundo que habitamos los amantes de la lectura, esos seres son. Existen. Habitan junto a nosotros

«Leemos para aprender cómo es la respiración del mundo», dijo alguna vez Tomás Eloy Martínez, «y también, a veces, para descubrir que el mundo no respira como imaginábamos». La ficción es también lo que pudo ser. Y eso nos ayuda a interpretar la realidad, el mundo que nos rodea. Somos incapaces de interpretar nuestro universo sin apelar a los libros que leímos y los sueños que soñamos.

La literatura es, tal vez, un instrumento del que nos valemos para descifrarnos a nosotros en el mundo.

No seríamos los mismos si no nos atreviéramos al ejercicio de imaginar. La ficción es un medio para soñar las vidas que no tuvimos pero también un camino para decir que el mundo está mal hecho; para rebelarnos contra la brutalidad y la injusticia; para oponernos a personajes oscuros, siniestros o miserables y para enamorarnos o admirar a los dignos e imprescindibles.

No seríamos los mismos sin estimular, a través de las historias que hemos leído —o visto, o escuchado, o imaginado—, nuestra sensibilidad y sentido crítico. «Somos, así» —otra vez Tomás Eloy Martínez—, «los libros que hemos leído. O somos, de lo contrario, el vacío que la ausencia de libros ha abierto en nuestras vidas».

O en palabras de Sergio Pitol: «Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas.»

Por eso todavía hoy, en situaciones de desesperanza, suelo refugiarme en algunas lecturas de la infancia como quien vuelve al cobijo del hogar que lo vio crecer. Todavía hoy, encuentro allí el refugio donde sanar alguna herida al sentir, al menos por un instante, que siempre hay cosas, lugares y personas a los que se puede volver, que se pueden recuperar. Aunque sean de ficción.

Ningún viaje, ninguna aventura, se completa sin volver por un momento al lugar del que se partió.